martes, 21 de septiembre de 2010

SIN HUELGA NO HAY PARAÍSO


Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Dicho esto, no seré yo el primero que lo haga. Pulso el ambiente, solicito opiniones, converso sobre el tema, repaso la actualidad y saco conclusiones. Toxo, el líder de CCOO, anduvo de crucero de lujo con su esposa y es propietario de un piso de protección oficial -dicen- cuando gana alrededor de ciento treinta mil euros anuales. Las hordas del capital y sus plumillas mercenarios utilizan el desprestigio como arma. ¡Qué importante es la credibilidad y con qué facilidad se pierde o queda en entredicho! Nada nuevo bajo el sol. Los sindicatos están bajo sospecha -dicen-, demasiadas subvenciones por parte del gobierno (¡cómo morder la mano que te da de comer!), cientos de millones de euros que son como espadas de dudas (aunque su destino sean cursos de formación en su mayoría, lo que no es desdeñable). ¡Finánciense con las cuotas de sus afiliados!, gritan esos malditos; pero mal rayo me parta si en acabando esta carta no pagan caros sus gritos.

Todo está previsto, nada se deja al azar, cada uno está en su papel. Nada se va a conseguir -comentan- con esta huelga porque todo está ya atado y bien atado (básicamente la reforma laboral). Una huelga que no tenga como finalidad la consecución de alguna mejora para el trabajador no tiene sentido (así opinan algunos). Escolar dice otras cosas, con las que estoy de acuerdo a medias. Ni todos los liberados son perezosos y vagos (¡ay, Dios!, ya estamos a vueltas con la chequera) ni todos los empresarios tan lerdos y tramposos como el presidente de la CEOE (poltronero compulsivo, mal gestor y presunto malversador). Y abaratar el despido no es una receta válida para salir de una situación de recesión. No es de extrañar, por tanto, que en la mente de muchos tome cuerpo la idea de que esta crisis y las inusitadas soluciones propuestas son una gran estafa, un insulto a la inteligencia, una oportunidad de negocio para quienes tienen cuentas pendientes con la sociedad y nunca las saldan.

¿Aguantará el país esta huelga? ¿Es necesaria ante la crisis? ¿Vamos a conseguir algo con ella? Yo la secundo porque es intolerable que la carga de la crisis la soporten los funcionarios, los dependientes y los pensionistas, y vergonzoso para un gobierno de izquierdas que, con sus medidas anticrisis, LOS SEÑALA COMO CULPABLES. Las diferencias entre ricos (que se descojonan de risa o se curan en salud mandando de vacaciones a sus fortunas) y pobres se agrandan cada día más y el Estado del Bienestar se parece cada vez menos a la luna llena (se está quedando en cuarto menguante). Sorprende, en ocasiones, que la derecha parezca la izquierda y viceversa. El mundo al revés. Por eso secundo la huelga, porque me da por el saco que -aparentemente- se hayan invertido los papeles y que los mineros estén en lucha permanente, que no perciban el salario que les corresponde por su trabajo y que "victorinos" y similares le echen la culpa al empedrado (o al gobierno de turno, el saco de todas las hostias cuando vienen mal dadas) y se quejen de que todas las ayudas que reciben siempre son insuficientes (aquí alguien miente y alguien debería aportar pruebas para desmentir las mentiras).

Decir que si la huelga triunfa será un fracaso del gobierno me parece inexacto porque este gobierno, desgraciadamente, ya ha fracasado. Decir que si la huelga fracasa será una derrota del sindicalismo me parece que se ajusta más a la realidad, mal que me pese. Hay desencanto en las bases y los líderes deben hacérselo mirar, hacer una profunda revisión de sus planteamientos, evitar el letargo, el acomodo. La izquierda se tambalea y eso afecta al equilibrio. Son las consecuencias -daños colaterales- de ir por la vida dando tumbos en vez de aprender de los errores.

Lo dicho, sin huelga no hay paraíso. Es necesario, sin demora, que cada cuál interprete los mensajes como buenamente pueda y actúe en consecuencia y al dictado de su conciencia. Lo contrario sería sumisión y pérdida de libertad. Pero, cuidado con los cantos de sirena: son el preludio del naufragio y, por tanto, nunca te llevan a puerto.
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