viernes, 13 de agosto de 2010

EL CHIRINGUITO DE LA ESPASA


Discurría el verano por cauces normales tras unas vacaciones sin sobresaltos, pero siempre hay alguien que te jode el día (o te lo intenta joder); y lo que más me revienta es que tuvo que suceder en Asturias. Día de playa. Salgo "fostiau" del curro a las 3, me subo al coche y enfilo camino de Colunga, en dirección a la playa Espasa, muy coqueta y con un chiringuito a pie de playa que hasta el día de autos no estaba nada mal.

Pero, ¡ay,amigo!, el idilio se fue al carajo cuando se me ocurrió cambiar la bebida de la comida, sustituyendo la sidra de otras ocasiones (2,50 euros/botella, precio asumible) por agua; ahí la liamos parda. Veréis. Le pido a la jovencita de la barra una botella de agua (de litro) y me la da. Le pregunto qué le debo y me contesta que 2,20 euros (casi me da un telele). Le digo que si tengo cara de ser madrileño (todos sabemos que por estas tierras a los foráneos las cosas les cuestan más caras -porque algunos comerciantes y hosteleros se pasan de la raya-, ya ocurría en Ribadesella, sobre todo aprovechando los días del famoso descenso del Sella. P'al nativo una sidra 2,20 €; p'al forastero, 3,00 €) y en esto se levanta un tipo que estaba sentado en una mesa y me dice: "oye si no la quieres, déjala, pero el precio es ese". La chica le replica: "tranquilo, hombre, que era una broma". A lo que el interfecto contesta: "ni broma ni hostias, con los clientes nada de bromas". Yo, un poco mosca ya, le digo para zanjar el asunto: "estoy por pedirte una hoja de reclamaciones, pero como resulta que salgo de trabajar, me recorro 70 km. para darme un baño y esto me está hartando bastante, voy a dejar las cosas como están, pero que sepas que esto es un atraco". La venganza del individuo no se hizo esperar: fue impedirme comer en una mesa del chiringuito alegando que no estaba permitido (no fue paisano para hacer lo mismo con quienes ocupaban una mesa contigua y comían tranquilamente, nevera casera en mano). Tampoco era mi intención que se comportara como tal -le faltaba lo que hay que tener para ser paisano-, aunque se lo dije a la cara. El chaval va por la vida haciendo patria. Allá él.

En fin, que me fui a comer la tortilla a veinte metros pensando que, o somos gilipollas pagando 2,20 euros por una botella de agua (la marca era Aquabona y cuesta en Eroski 0,67 céntimos de euro la botella de 2,5 litros), o no tenemos pelotas para acabar con estos atracos a cara descubierta. Y si turismo permite que el dueño de un chiringuito cobre lo que le salga de la entrepierna, dando el visto bueno a su lista de precios (en este caso no comprobé si estaba sellada y en regla) apaga y vámonos.

En todo caso, la tortilla no se me indigestó y el baño me sentó de maravilla en una playa magnífica, un día soleado que no consiguió ensombrecer la mala baba de un capullo. Y es que ya tiene uno el trasero pelado de tratar con estos mindundis, ejemplos vivos de la insoportable levedad del ser.

P.D.- La próxima vez, lo tengo decidido, me paso la tarde en el chiringuito cubriendo la hoja de reclamaciones y dialogando alegremente con aquel camarero encantador. Tengo todo el fin de semana para ello y la paciencia que dan los años. Lo que hago constar para general conocimiento (si a Pepe Blanco se le acaba la paciencia con los controladores a mí, con estos hosteleros de pacotilla que te clavan en plena crisis, ni te cuento).
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